Invasores fueron castigados en Sángrar por fuerzas del coronel Manuel E.Vento

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redactor: Víctor Alvarado

El combate de Sángrar del 26 de junio de 1881, en el que los resistentes peruanos castigaron en Canta a una columna de soldados saqueadores integrantes de la expedición de 1.392 efectivos del teniente coronel Ambrosio Letellier que había impuesto el pillaje y la destrucción en diferentes localidades de Cerro de Pasco y Junín, ha merecido por parte de los historiógrafos oficiales chilenos una información sesgada, asumiéndola como un triunfo de sus fuerzas, sin exhibir información sustentada, como sí la tienen los peruanos que prueban que fue una victoria de la resistencia.

Sin embargo, respecto a la victoria peruana hay dos versiones, una la que nos presenta la historiografía especial, que la da como una victoria del ejército de la resistencia de los pueblos andinos del Valle del Mantaro, y otra, corregida por su protagonista, el coronel pierolista Manuel Encarnación Vento, al que se le atribuye haber diezmado a los invasores, quién luego de definirse como colaboracionista de los invasores y por lo tanto, como traidor, la minimizó y presentó como un desentendimiento entre amigos.

Vento, ante un pedido de su nuevo amigo, el jefe de la ocupación chilena, el sanguinario Patricio Lynch, para que cuente lo que realmente sucedió en Sangrar, presentó el combate de Sángrar como una escaramuza y que entre ambos, él y los invasores, habrían existido buenas relaciones de amistad, a lo que se suma que él era contrario a la resistencia cacerista, pero que esta amistad se quebró cuando las huestes chilenas apetecieron el ganado de su hacienda.

Escarmiento

Entonces Vento, según su narración, resolvió darles un escarmiento a sus desleales amigos, castigó a los invasores y más aún les perdonó la vida y ¿Cuál fue el castigo? Les cortó una oreja izquierda a unos y la derecha a otros, y en esta condición les permitió regresar a Lima.

Veamos la versión de la historiografía oficial. El jefe de la primera expedición chilena, Ambrosio Letellier, luego de haber incurrido en un traspiés al asaltar y destruir las viviendas del súbdito italiano Manuel Chiesa y al inglés M. Steele, por negarse a pagar cupos, fue ordenado por Lynch a retornar a Lima, y con este objetivo, Letellier mandó una avanzada al mando del capitán José Luis Araneda, quién debía recorrer el paso de las Cuevas, ingresar a la hacienda Sángrar y de aquí pasar a Canta y luego a Lima.

Según esta versión, en Cuevas, su columna fue sorprendida y atacada por las tropas del coronel Manuel Encarnación Vento, quién en un combate que se prolongó hasta las primeras horas del 27 de junio le causó 45 bajas reconocidas por el propio capitán Araneda, luego de que este consiguiera fugar del campo de batalla y llegar sano y salvo a Lima.

Las bajas reales de los invasores habrían sido un poco más de 50, si se tiene en cuenta que en Lima, el diario “La Situación” de los chilenos dio cuenta de una lista de 17 heridos sobrevivientes.

La expedición Letellier había salido de Lima el 15 de abril de 1881, y desde esa fecha hasta cuando su columna de avanzada llegó a Sángrar, en lugar de lanzarse a perseguir a la resistencia, se dedicó a imponer cupos a los hacendados de los Valle del Mantaro.

Columna invasora

El comportamiento del hacendado Vento, según destaca Guzmán Palomino, lamentablemente no registra testimonios que lo presenten como un patriota, pues existe una carta de Justa Dorregaray, madre del general Andrés Avelino Cáceres, por la que, desde su hacienda en Huasahuasi, pedía garantías para su vida amenazada por Vento así como por otro hacendado colaboracionista, Luis Milón Duarte.

Prosiguiendo con la historiografía oficial, la columna de Araneda estaba compuesta por 78 hombres, un capitán, tres subtenientes y un corneta. Al llegar al paso de Las Cuevas dejó en este lugar a una patrulla, al mando del subteniente Blanco, de 14 soldados, dos de ellos centinelas en las cumbres; a otros siete, encabezada por el sargento Zacarías Bisivinger, la mandó a robar ganado en la vecina hacienda Capillayoll, donde se apropiaría de 800 cabezas de carneros y los restantes fueron con él a la hacienda.

El propio Araneda informa en su parte que la fuerza de Vento compuesta de “700 hombres” inició su ataque a la una de la tarde y eliminó primero a los integrantes de la patrulla que retornaba de haber robado los carneros y que gracias al aviso de los vigías apostados pudo parapetarse en la hacienda, dispuso que 10 soldados al mando del subteniente Guzmán se parapete en los corrales y el resto alrededor de las casas de la hacienda, desde donde respondieron al fuego de los resistentes.

Los invasores de los corrales, al verse sobrepasados, se trasladaron a la iglesia y el grueso de la tropa que se hallaba parapetadas en las casas optó por refugiarse en la casa- hacienda, cuyas gruesas paredes les permitieron soportar las embestidas peruanas.

Los patriotas prendieron fuego a la iglesia, y el subteniente Guzmán, con los suyos, aprovecharon la humareda, para escabullirse, luego de sufrir varias bajas, con dirección al paso de Las Cuevas, donde se encontraban la patrulla del subteniente Blanco, que estaba paralizada por el pánico, sin decisión de sumarse al combate.

Testimonio de subprefecto

Guzmán retornó a Casapalca, donde se encontraba parte del regimiento de Letellier, en busca de ayuda, la que fue despachada de inmediato.

A las cuatro de la tarde, el coronel Vento les pidió se rindan, y ante la negativa de Araneda, los patriotas prendieron fuego a los ranchos que rodeaban la casa, derribaron columnas, trataron de abrir forados con barretas, sacaron las planchas de los techos, sin conseguir desalojarlos.

Según el parte del subprefecto de Canta, Emilio Fuentes, uno de los jefes resistentes, las fuerzas de la resistencia llevaban más de 24 horas sin probar alimento y se encontraban desfallecientes, y luego de evaluar la situación concluyeron que estaban próximos a quedarse sin municiones y que los resultados del combate a la vista, eran 50 muertos chilenos, 2 prisioneros y recuperación de 48 rifles Comblain, y más 800 carneros robados por los invasores, por lo que decidieron dar por terminado el combate.

Los sitiados apenas se dieron cuenta se escurrieron al amparo de la madrugada hasta Casapalca encontrándose en el camino con sus tropas del Buin que venían en su auxilio. La fuga de letellier a Lima, ya no se hizo por esta ruta, sino por la tradicional que iba por La Oroya. (Mañana Capitulo VI) La otra verdad sobre Sángrar El historiador peruano Luis Guzmán Palomino, en base a una investigación documentada, ha revelado que Manuel de la Encarnación Vento, al iniciarse la resistencia, hizo oídos sordos al llamado que le hiciera desde abril de 1881 el coronel José Agustín Bedoya, prefecto patriota de Lima, para una acción conjunta contra las partidas de la expedición Letelier que entraban de continuo en su hacienda de Sángrar sin la menor oposición.

Guzmán Palomino sustenta que el hacendado Luis Milón Duarte, amigo de los Vento, quién también era un colaboracionista de los invasores, en cartas de su puño y letra ha testimoniado que él y Vento, departían en Lima con el jefe de la ocupación chilena, Patricio Lynch, poco después del Combate de Sángrar, donde confirma que los invasores utilizaban Sángrar como lugar de descanso en su tarea de llevar el producto de los cupos y robos a Lima En uno de estos encuentros con el jefe de los invasores, según Milón, Vento afirmó que sus buenas relaciones con los visitantes se fracturaron cuando estos sobrepasaron las libertades que se les daba o porque su presencia se tornó finalmente molesta, y que lo que hubo en Sangrar “fue una escaramuza”.

(Hubo) un ligero combate, en que se rindieron, les perdonaron la vida como a rendidos, les quitaron más bien las orejas para recuerdo y los amonestaron a fin de que ellos ni sus paisanos pusieron sus pies en ese fundo”.

Finalmente, siguiendo la narración de Milón, Vento les habría dicho al despedirlos: ‘Los peruanos no matan a los rendidos; váyanse, cangrejos, y no vuelvan más por aquí”.

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